Una socia de CONECTA reflexiona tras la Asamblea de Federación Autismo Andalucía sobre los apoyos educativos al alumnado con autismo y la necesidad de escuchar más a las familias.
No escribo estas líneas como experta en leyes, ni como técnica, ni como representante de ninguna administración. Las escribo como madre. Como madre de un niño con autismo. Como una de tantas familias que cada curso escolar mira el calendario con una mezcla de esperanza y miedo, preguntándose si su hijo tendrá los apoyos que necesita para estar en clase, aprender, comunicarse, participar y sentirse seguro.
El pasado 23 de junio, en las asambleas de Federación Autismo Andalucía se volvió a hablar de educación, de convenios, de recursos, de procedimientos, de futuro. Pero detrás de todas esas palabras hay algo mucho más sencillo y mucho más importante: hay niños y niñas con nombres propios, con necesidades concretas y con familias que no pueden vivir permanentemente en la incertidumbre.
Porque cuando se habla de «modelo educativo», nosotras pensamos en nuestros hijos. Cuando se habla de «transición», pensamos en qué pasará el primer día de clase. Cuando se habla de «reorganización de recursos», pensamos en si alguien entenderá una crisis, una dificultad de comunicación, una sobrecarga sensorial o la necesidad de un apoyo individualizado.
La inclusión no puede ser solo una palabra bonita
Todas las familias queremos una educación inclusiva. Queremos que nuestros hijos estén presentes, participen, aprendan y formen parte de la vida del colegio o del instituto. Pero la inclusión no se consigue solo diciendo que existe. La inclusión necesita apoyos reales.
Un niño con autismo no está incluido porque esté físicamente dentro de un aula. Está incluido cuando tiene los apoyos que necesita para comprender lo que ocurre, anticipar cambios, comunicarse, relacionarse, aprender a su ritmo y sentirse respetado.
Por eso, me preocupa profundamente que cualquier cambio en los apoyos educativos pueda hacerse sin tener antes una alternativa clara, suficiente y garantizada. No podemos permitir que la transición hacia un nuevo modelo deje a ningún alumno sin acompañamiento. No podemos aceptar que las familias tengamos que esperar, reclamar una y otra vez o vivir pendientes de decisiones que no siempre se explican con claridad.
No pedimos privilegios, pedimos derechos
A veces parece que las familias que reclamamos apoyos estamos pidiendo algo extraordinario. No es así. No pedimos privilegios. Pedimos derechos.
Pedimos que la Administración garantice los recursos necesarios para que el alumnado con autismo pueda estar en igualdad de condiciones. Pedimos que las necesidades de cada niño se valoren de manera individualizada. Pedimos que los apoyos consten por escrito, con claridad, en los informes y dictámenes correspondientes. Pedimos saber quién va a prestar esos apoyos, cuántas horas, con qué formación y en qué plazos.
Y pedimos, sobre todo, que ningún niño pierda un apoyo que está funcionando si antes no existe una alternativa real que lo sustituya.
Las familias no podemos conformarnos con promesas generales. Necesitamos certezas. Necesitamos planificación. Necesitamos que las decisiones se tomen pensando en el impacto que tienen en la vida diaria de nuestros hijos.
Las familias tenemos que ser escuchadas
Una de las cosas que más sentimos muchas familias es que, demasiadas veces, se habla sobre nuestros hijos sin contar suficientemente con quienes los conocemos cada día.
Las asociaciones que están cerca de las familias, de los centros educativos y del alumnado conocen bien lo que ocurre en la práctica. Saben cuándo un apoyo funciona, cuándo una familia está desbordada o cuándo un niño necesita mucho más de lo que aparece en un papel.
Por eso es tan importante que cualquier decisión sobre educación y autismo cuente con la participación real de estas entidades y de las familias afectadas. No basta con informar después. Hay que escuchar antes. Hay que consultar. Hay que explicar. Hay que rendir cuentas.
Como madre, necesito sentir que mi voz importa. Que la experiencia de mi hijo importa. Que las dificultades que vivimos no se convierten en un asunto administrativo más.
¿Para qué sirve una federación?
Creo que una federación tiene sentido cuando consigue que la voz de muchas familias llegue más lejos de lo que podría llegar cada una por separado. Sirve para unir fuerzas, para representar a las asociaciones ante la Administración, para defender derechos comunes y para recordar, una y otra vez, que detrás de cada decisión educativa hay niños, niñas y jóvenes con necesidades reales.
Una federación no debería estar lejos de las familias, sino cerca de ellas. No debería sustituir la voz de las asociaciones, sino escucharla, ordenarla y hacerla más fuerte. Su papel debería ser acompañar, coordinar, informar, exigir respuestas y construir una posición común que nazca de la realidad que vivimos en los colegios, en las casas y en las reuniones con los centros.
Por eso, presidir una federación no debería consistir en imponer una voluntad, ni en confundir una posición personal o de una junta directiva con la voz de todo un colectivo. Liderar es escuchar incluso cuando no se está de acuerdo. Es tender puentes, buscar puntos de encuentro y entender que una federación fuerte no se construye desde la obediencia, sino desde la participación, la confianza y el respeto a la pluralidad de sus entidades.
Una presidencia federativa tiene la responsabilidad de mirar más allá de los intereses particulares, de las posiciones propias o de las dinámicas internas de poder. Su labor debe ser proteger el proyecto común, fortalecerlo y evitar que las discrepancias lo rompan. Porque cuando una federación se debilita, quienes pierden no son solo las entidades: pierden las familias y, sobre todo, pierden las personas con autismo a las que deben representar.
Una federación fuerte no se impone desde arriba. Se construye desde abajo, con confianza, transparencia y compromiso compartido.
La incertidumbre también desgasta
Quienes tenemos hijos con autismo sabemos que la anticipación es fundamental. Para ellos y también para nosotras. No saber qué va a pasar con los apoyos educativos genera angustia, inseguridad y un enorme desgaste emocional.
Cada cambio sin explicar, cada retraso, cada falta de respuesta clara, cada «ya se verá» tiene consecuencias. Las tiene para el alumnado, para las familias y también para los centros educativos, que muchas veces se encuentran sin recursos suficientes para responder adecuadamente.
Por eso defiendo la necesidad de procedimientos transparentes, criterios claros, plazos definidos y resoluciones motivadas. Puede parecer un lenguaje técnico, pero para las familias significa algo muy concreto: saber a qué atenernos y poder defender los derechos de nuestros hijos con información suficiente.
Una responsabilidad compartida, pero no trasladada a las familias
Las familias estamos dispuestas a colaborar. Siempre lo hemos hecho. Acompañamos, explicamos, anticipamos, coordinamos, reclamamos, proponemos y sostenemos muchas situaciones que no siempre se ven.
Pero la responsabilidad de garantizar los apoyos educativos no puede recaer sobre las familias. Tampoco puede depender de que una asociación tenga más o menos recursos, de que una familia pueda pagar algo, de que viva en una provincia u otra, o de que tenga fuerzas para reclamar.
La educación inclusiva debe ser pública, garantizada, estable y suficiente. Y mientras se construye o se transforma cualquier modelo, lo primero debe ser proteger al alumnado.
Que ningún niño se quede atrás
Tras esta Asamblea me quedo con una idea muy clara: necesitamos unidad, sí, pero una unidad que escuche. Necesitamos diálogo, pero también decisiones valientes. Necesitamos defender la educación inclusiva, pero sin olvidar que la inclusión se demuestra en cada aula y en cada niño.
Quiero que mi hijo tenga las mismas oportunidades que cualquier otro niño. Quiero que vaya al colegio con seguridad. Quiero que pueda aprender. Quiero que no se le mire como un problema, sino como una persona con derechos, capacidades y necesidades que deben ser atendidas.
Y quiero que ninguna familia tenga que sentirse sola defendiendo algo tan básico.
Porque cuando hablamos de apoyos educativos, no hablamos de papeles. Hablamos de vidas. Hablamos de infancia. Hablamos de dignidad. Hablamos de futuro con oportunidades reales. Hablamos del derecho de nuestros hijos e hijas a estar, participar y aprender.
La inclusión no puede esperar a que todo encaje en un despacho. La inclusión tiene que llegar a tiempo. Y para nuestros hijos, el tiempo es ahora.
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